EL CLAVO - 16 - LAST PART in Spanish Love Stories by Pedro Antonio de Alarcón books and stories PDF | EL CLAVO - 16 - LAST PART

EL CLAVO - 16 - LAST PART

XVI

La sentencia.

Excuso referir la formidable lucha que se entabló en el corazón de Zarco, y que duró hasta el día en que volvió a fallar la causa. No tendría palabras con que haceros comprender aquellos horribles combates... Solo diré que el magistrado venció al hombre, y que Joaquín Zarco volvió a condenar a muerte a Gabriela Zahara.

Al día siguiente fue remitido el proceso en consulta a la Audiencia de Sevilla, y al propio tiempo Zarco se despidió de mí, diciéndome estas palabras: «Aguárdame acá hasta que yo vuelva... Cuida de la infeliz, pero no la visites, pues tu presencia la humillaría en vez de consolarla. No me preguntes a dónde voy, ni temas que cometa el feo delito dep. 105 suicidarme. Adiós, y perdóname las aflicciones que te he causado.»

Veinte días después la Audiencia del territorio confirmó la sentencia de muerte.

Gabriela Zahara fue puesta en capilla.

XVII

Último viaje.

Llegó la mañana de la ejecución, sin que Zarco hubiese regresado ni se tuvieran noticias de él.

Un inmenso gentío aguardaba a la puerta de la cárcel la salida de la sentenciada.

Yo estaba entre la multitud, pues si bien había acatado la voluntad de mi amigo, no visitando a Gabriela en su prisión, creía de mi deber representar a Zarco en aquel supremop. 106 trance, acompañando a su antigua amada hasta el pie del cadalso.

Al verla aparecer, costome trabajo reconocerla. Había enflaquecido horriblemente, y apenas tenía fuerzas para llevar a sus labios el Crucifijo que besaba a cada momento.

—Aquí estoy, señora... ¿Puedo servir a usted de algo? —le pregunté cuando pasó cerca de mí.

Clavó en mi faz sus marchitos ojos, y cuando me hubo reconocido, exclamó:

—¡Oh! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Qué consuelo tan grande me proporciona usted en mi última hora! ¡Padre! —añadió, volviéndose a su confesor—. ¿Puedo hablar al paso algunas palabras con este generoso amigo?

—Sí, hija mía... —le respondió el sacerdote—; pero no deje usted de pensar en Dios...

Gabriela me preguntó entonces:

—¿Y él?

—Está ausente.

—¡Hágalo Dios muy feliz! Dígale cuando le vea, que me perdone, para que me perdone Dios. Dígale que todavía le amo... aunque el amarle es causa de mi muerte...

—Quiero ver a usted resignada...

—¡Lo estoy! ¡Cuánto deseo llegar a la presencia de mi Eterno Padre! ¡Cuántos siglos pienso pasar llorando a sus pies, hasta conseguir que me reconozca como hija suya y me perdone mis muchos pecados!

Llegamos al pie de la escalera fatal.

Allí fue preciso separamos.

Una lágrima, tal vez la última que aún quedaba en aquel corazón, humedeció los ojos de Gabriela, mientras que sus labios balbucieron esta frase:

—Dígale usted que muero bendiciéndole...

En aquel momento sintiose viva algazara entre el gentío..., hasta que al cabo percibiéronse claramente las voces de:

—¡Perdón! ¡Perdón!

Y por la ancha calle que abría la muchedumbre, viose avanzar a un hombre a caballo, con un papel en una mano y un pañuelo blanco en la otra...

Ilustración

¡Era Zarco!...

—¡Perdón! ¡Perdón! —venía gritando también él.

Echó al fin pie a tierra, y, acompañado del jefe del cuadro, adelantose hacia el patíbulo.

Gabriela, que había ya subido algunas gradas, se detuvo: miró intensamentep. 109 a su amante, y murmuró:

—¡Bendito seas!

En seguida perdió el conocimiento.

Leído el perdón, y legalizado el acto, el sacerdote y Joaquín corrieron a desatar las manos de la indultada.

Ilustración

Pero toda piedad era ya inútil... Gabriela Zahara estaba muerta.

 

XVIII

Moraleja.

Zarco es hoy uno de los mejores magistrados de la Habana.

Se ha casado, y puede considerarse feliz, porque la tristeza no esp. 110 desventura cuando no se ha hecho a sabiendas daño a nadie.

El hijo que acaba de darle su amantísima esposa, disipará la vaga nube de melancolía que oscurece a ratos la frente de mi amigo.

The End

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